Poker de errores
Decía Aristóteles que enojarse es muy fácil, pero que hacerlo en el momento oportuno, por la causa correcta, en la medida justa , y con la persona adecuada, eso ya es cosa de sabios. ¿Cómo catalogar a Falcioni, entonces, que le pifió a las cuatro condiciones? El técnico explotó su rabia contenida de la peor manera posible y su ego quedó expuesto tras tener que reconocer el error.
Pongámonos un segundo en la piel del entrenador. Su equipo –porque este Boca fue un Boca con su marca, qué duda cabe- se coronó campeón invicto, varias fechas antes, con cuatro goles en contra. En su mente resultadista no existen los reproches posibles, por lo que aquel comentario de Riquelme anunciando que algún día se podía acabar la suerte fue una declaración de guerra. Boca no fue un campeón de penal, palo y adentro; Román lo sabe. El técnico se defendió ante la prensa mostrando la tabla de posiciones, pero lo que realmente hubiera querido responder es que fueron campeones prescindiendo de Riquelme durante medio torneo.
Esa cuenta le quedó pendiente a Julio Cesar pero ¿cómo hacérsela pagar a Román, tan hábil frente a una pelota como frente a un micrófono? No se atrevió a imponer la autoridad que su ego le reclamaba y su cargo le permitía. Primer error. Eligió dejar pasar –pero no olvidar- a la espera de un mejor momento. Lo creyó encontrar el martes, cuando reemplazó a Cvitanich porque no seguía sus órdenes ante lo que él supuso un pedido de Riquelme.
“Acá me la cobro”, pensó. Enmascaró su enojo en las presuntas indicaciones de Román, pero no era ese el origen de su rabia. Segundo error: ¿quién si no el número 10 podría leer un partido desde adentro y proponer una variante para cambiar el rumbo? Peor aún si se confirma que quien realmente dio la indicación fue nada menos que Erviti, pichón del DT. Así, reemplazar a Cvitanich aduciendo que le hacía más caso a Riquelme que a él completa el poker de errores.
No resulta difícil imaginarse a Román en silencio escuchando la charla frente a todo el plantel, mirando como su rival primero se inmolaba con la crítica y luego recibía los cachetazos de sus dirigidos, que aprovechaban el voleo para reclamar sus propias cuentas pendientes. La desmentida renuncia de Falcioni en el vuelo de regreso debe haber sido cierta. Pensando con lucidez en esas 12 horas de soledad, habrá reconocido que ese era el momento adecuado para dejar de traicionarse con aceptar a Riquelme cuando en realidad no lo quiere en su plantel. “Así no puedo seguir”, le atribuyen haber dicho. Y es cierto: su personalidad no admite otro liderazgo que no esté bajo su ala.
En una batalla de egos no gana quien suma más méritos, sino que pierde quien se equivoca primero. Del ridículo no se vuelve. No alcanzaron las medallas que se colgó Falcioni durante el 2011: le bastó con manejar mal su enojo para desestabilizarse solo. La batalla que él eligió disputar con Riquelme no la perdió en la cancha sino en el vestuario.
A ofrecer el corazón
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
No será tan facil, ya sé que pasa.
No será tan simple como pensaba.
Como abrir el pecho y sacar el alma, una cuchillada de amor.
Dejamos que nos hundieran. Aguilar, Israel y compañía se encargaron de lograr lo imposible, pero los verdaderos culpables somos nosotros, mudos testigos del vaciamiento sostenido de River. Mientras esperábamos que el destino manifiesto del club lo sacara a flote por sí solo, contemplamos miles de maniobras fraudulentas sin alzar la voz, sin entender que 110 años de historia fueron posibles gracias a su gente, y que era su gente quien debía rebelarse contra los delincuentes que hicieron del club su feudo y se enriquecieron a costa suya.
No podía pasar, pero pasó. ¿Por qué no? Le pasó a tantos otros… ¿Creíamos que éramos invulnerables? ¿Que el espíritu de Ángel Labruna iba a descender como un ángel vengador y nos iba a salvar del oprobio? Nos dejamos endulzar el oído con los falsos mensajes de optimismo de quienes se reían a nuestras espaldas. Quisimos creer que era cierto, que la historia se bastaba por sí sola, y nos olvidamos que la historia no juega a la pelota y que a este River le robaron hasta los despojos.
No me interesa el reparto de culpas ajenas, el tiempo pondrá a cada uno en su lugar. Mientras tanto, hoy, todos aquellos que dejamos que nos robaran lo que era nuestro debemos hacernos cargo de nuestra inacción, de nuestra desidia. Hoy quiero publicar mis lágrimas, las de un hincha más que no quiso estar ausente y ofrecer su apoyo ante lo inevitable. Quiero que se vea lo que es el orgullo de una pasión verdadera, no la de los vándalos con intereses políticos que son profesionales de la tribuna y se venden al mejor postor.
Quiero que el fútbol argentino sepa que es a partir de esas lágrimas, de esa pasión, como se va a refundar el club, como se logrará que River vuelva a ser lo que siempre fue y no este gigante vencido que se arrastra pidiendo piedad. Si no aprendemos nada de esta lección que recibimos, entonces nos merecemos este presente chico. Si nos engañamos pensando que estamos en la B por J.J. o por Pezzotta, no entendimos nada. Si nos hacemos cargo de los errores cometidos, volveremos a ser nuevamente los más grandes. El futuro está en nuestras manos.
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Sobre héroes y tumbas
Si hablamos del fútbol argentino de los últimos 10 años, poca gente ha sido capaz de dividir las aguas de la opinión pública tanto como Juan Román Riquelme (quizás Verón, y no muchos más). Dueño de una visión de juego privilegiada, el enganche de Boca se siente cómodo en el rol de antihéroe que decidió ejercer de un tiempo a esta parte y provoca más debate por lo que hace fuera de la cancha que por lo que genera dentro de ella.
Al ritmo de los amores incondicionales que desata en la hinchada Xeneize –y los odios de igual intensidad en el resto-, Riquelme mismo ha elegido dejar de ser un jugador de fútbol para verse consumido por su propio personaje. Las sucesivas renuncias a la Selección por motivos incomprensibles y nunca esclarecidos del todo sólo sirvieron para que la brecha entre riquelmistas y antiriquelmistas se pronunciara todavía más.
Pero aunque hace todo lo posible por invitarnos a discutir sobre su rol de líder en un vestuario dividido o su incapacidad de formar parte de un grupo sin resignar ciertos privilegios, existe un Riquelme futbolista. A fin de cuentas, esa es la vara principal con la que debería ser medido. La visión sobre las condiciones humanas de un jugador suele descansar en las adhesiones que generan sus agentes de prensa informales, como Closs o Pagani. Nosotros, los que estamos fuera de la comidilla del Mundo Boca, sólo nos enteraremos de los trascendidos que los propios jugadores decidan filtrar a través de ellos.
Desde lo estrictamente futbolístico, la mejor versión de Riquelme fue indiscutida. Sin embargo, ese nivel que supo conseguir por última vez allá en el 2007 hoy parece lejano. Román mismo ha elegido el camino de entrenar selectivamente, de mantenerse al margen de ciertos partidos, de no realizar una pretemporada mientras renegocia su contrato. Parece preferir descansar en las gotas de talento que aún hoy le alcanzan para generar la diferencia en ciertos partidos, pero ya no para ganar campeonatos por su cuenta.
Con esta perspectiva, ¿hizo negocio Boca –dejando de lado los intereses políticos que su imagen genera- en renovarle contrato por cuatro años en una cifra millonaria? Riquelme, incluso más inteligente fuera del campo que dentro de él, supo jugar sus cartas ante un club necesitado de volver a los primeros planos y debilitado institucionalmente tras el fallecimiento de Pompilio. ¿Quién iba a pagar el precio de dejarlo ir, aún en estas condiciones?
Sin embargo, no es el monto del nuevo vínculo lo que inquieta. El valor que Riquelme percibirá por año no está muy alejado de lo que un club como Boca debería pagar por su jugador franquicia. Son la duración y las condiciones implícitas las que deberían estar en el centro del tapete. Este Román que gusta hablar de sí mismo en tercera persona, que se encuentra poco comprometido con su forma futbolística y lejos de la cresta de su ola, será el dueño del club durante los próximos cuatro años. Ya hacía rato que Riquelme se había puesto por encima de la institución con el aval de la hinchada; esta vez, fueron los propios directivos quienes le cedieron el control del club durante ese período.
Es probable que un hincha de Boca que lea esto no entienda el cuestionamiento ajeno, así como a cualquier otro le resulta incomprensible pagarle al Riquelme de hoy lo que valdría el Riquelme que supo ser años atrás y darle las llaves del club. Cuestión de idolatrías y del recuerdo de bronces pasados. Más allá de eso, Boca ha supeditado su futuro deportivo a una sola carta, porque es el mismo Román quien impone esas condiciones de “conmigo o en mi contra”.
Si ya era fuerte antes, ¿cuánto pesará ahora la palabra de Riquelme en la elección de un nuevo técnico, de un nuevo refuerzo, sabiendo que estará allí como líder cuatro años más y en la curva descendente de su carrera? ¿Quién será capaz de contradecir algunas de sus decisiones, de marcarle el terreno a alguien que se caracteriza por polarizar las opiniones y que es ídolo del club? Supeditarse a los caprichos de Román durante semejante período es demasiado arriesgado; el tiempo dirá si a Boca la taba le cae suerte o le cae culo.
Era hora
Primera fecha. Sepan disculpar cierta inconsistencia en esta entrada: recién arranca el campeonato, no pude ver todos los partidos –sí sigo hasta el último resumen- y la crónica de los encuentros jamás fue mi fuerte. Para el resumen de la fecha, otras páginas. Veremos qué vuelta de tuerca le encontramos juntos a este torneo; espero sus críticas y comentarios.
La victoria de River sobre el final con un arranque más del interminable Ortega fue la excusa justa para que el seudoperiodismo buscara la contradicción en el mensaje de Cappa. Cualquier cosa que el técnico dijera iba a ser el título del día siguiente. Esta vez, entre “No me gusta ganar de este modo” y “Siempre me gusta ganar”, Ángel eligió la realidad. Menos mal: si en ese momento reniega del triunfo por no haberlo alcanzado con los medios deseados, tiene sangre de pato.
De todos modos, a ser esclavo de las palabras en el futuro: cuando al Millo le toque perder sobre el final por la vía de un bochazo que se transforma en gol gracias a la jerarquía de un rival, habrá que ser humilde y no defenestrar el mérito ajeno. Para destacar también el pensamiento de Diego Castaño tras el partido: “Cuando te metés atrás durante 20 minutos, estas cosas pueden pasar”. Autocrítica feroz, y real. Probablemente no fue merecida la victoria de River desde la cantidad de situaciones, pero la declaración del volante de Tigre invita a pensar qué se habrá sentido desde adentro.
Boca, por su parte, se trajo el puntito de Mendoza. No es poco, que quede claro. Godoy Cruz, aún sin Federico Higuaín, se mostró como el equipo compacto que salió tercero en el último Apertura. Los Xeneizes deben estar midiendo en sus mentes el potencial que Riquelme y Clemente Rodríguez le pueden dar a este equipo y, sobre todo, agradeciendo haber recuperado a un jugador clave como Battaglia. Es como Palermo: tardé años en entender su valor y quizás nunca lo respete del todo, pero en su mejor versión es imprescindible.
Román, tema aparte. ¿Puede un jugador darse el lujo de perder una pretemporada? Nadie discute el talento del 10 de Boca y cómo puede marcar la diferencia en un minuto. Sin embargo, dejar pasar así la oportunidad de mejorar su estado físico de cara a un torneo exigente puede salirle caro en el futuro. Es entendible que desde su capacidad técnica y desde la idolatría que genera su pasado ciertas actitudes suyas sean perdonadas (y hasta festejadas) por la hinchada de Boca. De todos modos, me parece reprochable que Riquelme –tan inteligente dentro de la cancha como fuera de ella- saque ventajas de ello.
Al San Lorenzo de Ramón lo pasaron por arriba, pero el técnico ya había avisado que su equipo era un Falcón que iba a chocar a todos y dar pelea. Una defensa firme y las ideas claras para traer un empate desde La Plata son auspiciosas para encarar el futuro sin tener la presión de resultados adversos ya desde el comienzo. En otras cosas, el fútbol sigue siendo el mismo. Argentinos, por más campeón que haya sido, no puede repetir si le desmantelan el equipo. Banfield sigue siendo el equipo compacto que peleará arriba. Vélez siempre es Vélez, Estudiantes siempre es Estudiantes; Quilmes y All Boys, los recién ascendidos que no pueden plasmar sus merecimientos en el resultado. Racing, quien gana un partido que merece perder, y luego perderá un partido que merezca ganar.
Sí, ciertas cosas no cambian. La pelota, nuestra pelota, volvió a rodar y los domingos tienen sentido otra vez. ¡Salud!
El Padrino
Después de unas semanitas de descanso tras la depresión mundialista, llega la hora de ir calentando los motores porque vuelve el fútbol de siempre, el que no nos traiciona y nos acompaña domingo a domingo. Pero antes de enfrascarnos con la actualidad de los equipos y otras yerbas, vamos a dedicarle un post de despedida a la Selección, tema que con seguridad no volverá a ocupar las primeras planas por un tiempo una vez que empiece el Apertura.
Da pena ver cómo Bilardo y Maradona –dos tipos que, ideologías de lado, aman más a la Selección que cualquiera de nosotros- se dejaron manipular por Grondona. Todo pasa, menos él. Si hubiese nacido dos siglos antes, el Jefe habría actuado como Virrey del Río de la Plata, y hoy continuaríamos siendo una colonia española gobernada por Humbertito VI. Don Julio maneja el circuito de intrigas, engaños y favores por cobrar como pocos.
Lástima que estamos hablando del equipo de los argentinos, porque si no causaría admiración ver al Vito Corleone del fútbol haciendo ofertas que otros no pueden rechazar. Claro que esta vez no necesitó ser demasiado sutil: en el tablero de ajedrez de la renovación del contrato, las piezas se movieron solitas a su antojo. Diego… querido Diego… Tu ciclo estaba cumplido, pero, ¿entregarse así, en bandeja?
Cumpliste tu misión: nos devolviste el amor por la Selección Nacional, volviste a poner la camiseta en lo más alto de nuestros corazones. Seamos francos, también, y reconozcamos que más allá de la mística que sólo vos pudiste recuperar, escasearon las ideas dentro del campo. Hubo un grupo, faltó un equipo. Ya vas a tener revancha algún día, con más experiencia. Pero hoy, ¿era necesario que te inmolaras por un séquito de chupasangres que bastante agradecidos deberían estar por haber formado parte de tu proceso?
Que vos solito te expongas públicamente con un “todos o ninguno” le debe haber solucionado los problemas a Grondona. Nadie los quería a tu lado, Diego, no es culpa de Don Julio, pero él se aprovechó de tu carrusel de amores incondicionales y te hizo esclavo de tus palabras. En el medio queda la figura de Bilardo, que por respeto a los colores dejó que Mancuso y otros ladrones lo ninguneen. Mientras, en ese extraño juego de lealtades que creás en el minuto a minuto de tu vida, decidís tomar como aliado a un mercenario como Ruggeri y jugártela por él.
Así bailamos, entonces. Maradona, acusando traiciones cuando él mismo se puso el arma en la cabeza. Bilardo, mostrando una imagen pública que es una caricatura de sí mismo. Grondona, frotándose las manos: otra vez hizo lo que quiso, sin hacer nada. Ruggeris y mancusos varios, viviendo de la imagen de los demás, como rémoras. Y en el medio, nuestra Selección. Que sufre al ver cómo los ídolos que supo erigir se atacan entre ellos. Que sufre por no ver un plan de acción, una estructura. Que sufre, porque es un trofeo de guerra que se disputan entre todos pero en el que nadie piensa.
Gracias, Don Julio, por no hacer nada y dejar que todo pase. Otra vez. Por haber usado a Diego, por haber usado a Bilardo, por haber usado a la Selección. Otra vez. En cuatro años, cuando paguemos los platos rotos, recordemos que este fue el comienzo.
El número uno
Jamás me imaginé que el 11 de julio iba a escribir sobre la Copa Davis. Más allá de usarla como refugio emocional para escapar rápido de este momento español, lo cierto es que en cualquier otra situación hubiese estado completamente revolucionado siguiendo el destino de David Nalbandian y compañía allá en Moscú. Y sí, de todos modos unos cuartos de final como visitante en Rusia son una gesta deportiva bastante trascendente.
¿Se puede decir del Gordo algo que no se haya dicho? Meses atrás viajó de sorpresa a Estocolmo para dar la cara ante Suecia, y vaya si lo hizo. Ahora, sin ritmo profesional por un desgarro, ubicado en el puesto ¡149°! del ranking, cruza medio planeta para enfrentar a dos top 20 y los humilla en su propio país, donde llevaban casi 15 años sin perder. No cedió ni siquiera un set, y tuvo momentos de un tenis brillante.
¿Quién es Nalbandian? ¿Qué es Nalbandian? A menudo se le reprocha desde nuestra silla cierta falta de constancia, de apego al entrenamiento. “Si quisiera…”; “No es número uno porque…”; “Mirá qué Gordo que está”, y otras yerbas. El de Unquillo, tipo capaz de vencer al mejor Federer de la historia en la final más importante del año tras ser invitado de última, es como vos y como yo. No le pidas que sea un relojito suizo.
Hace tiempo ya que decidió dejar de vivir para el tenis para que el tenis sea un medio para vivir su vida. Rally, asados, amigos. Quizás sea un mito que él se encargó de alimentar, nunca lo sabremos. Los Grand Slam quedan para otra vida, o hasta que recobre la motivación. Mientras, un solo objetivo deportivo tiene: la Davis. Y cuando esa Copa está en juego, Nalbandian muestra su mejor repertorio. Lo de hoy ante Mikhail Youzhny fue impecable, digno de un número uno del mundo.
Mañana, o pasado, saldrá el reproche clase media-alta, y se le pedirá que entrene, que corra, que se levante temprano, que se motive, para que él sea el ganador que nosotros no pudimos ser y necesitamos proyectar en otro. A mí me importa un huevo que se lleve Wimbledon o Roland Garros, le tiene que importar a él. Con las alegrías que me da representando a la Argentina, mientras se motive de ese modo y con su inmenso talento, que se dedique a correr autos y jugar cuando quiera.
El Rey ha muerto, ¡viva el Rey!
Finalmente, España se sacó el miedo a ganar y anotó su nombre en la galería de los mejores del mundo. Hay que decirlo: es un justo campeón. Durante meses, he creído que la Furia no iba a tener el espíritu necesario cuando se cruzara con un equipo de renombre en una instancia decisiva. Las semifinales con Alemania y la final ante una inteligentísima Holanda me desmintieron.
Déjenme empezar por la Naranja. Después del partido de hoy, entiendo el color de la indumentaria: son presos peligrosos condenados a perpetua. ¡Qué manera de pegar, de cortar el juego! Si en entradas anteriores la comparé con nuestra Selección, ahora puedo ser más específico: es nuestra Selección del ‘90. Me costaba comprender cómo llegó a esta instancia. Nada más cuenta con un crack, Sneijder, que hace todo y todo bien -él o Iniesta eran el balón de oro, FIFA, no jodamos con Forlán- y lo complementa únicamente con Robben, que intenta desnivelar por derecha cada vez que la recibe. ¿Cuál fue la diferencia con otros equipos? El autoconocimiento. Tiene eso solo, y lo sabe. El resto del equipo se mueve, se muestra, marca, muerde, mata y muere, pero sacando el bombazo de Gio Van Bronckhorst, no hace milagros.
Milagro hubiese sido que la corrida de Robben terminara venciendo a Casillas como el Cani contra Taffarel. No hubo espacio para eso porque España tiene un equipazo y un arquero de primer nivel. La Furia llegó como favorita, perdió ante Suiza en el debut, y se va como la mejor del mundo. Con ganas de buscarle la quinta pata al gato, me sigue quedando un sabor amargo en el paladar por el escaso peso ofensivo que mostraron. No hubo nadie como ellos, pero la falta de gol en un equipo que cuenta con semejante control de la pelota es sorprendente.
Antes de que se me pueda malinterpretar, me encantan España y su estilo. Ni voy a hablar del circuito de juego Xavi-Iniesta, de Xavi Alonso, de Villa, de los laterales, de Piqué y Puyol, porque tratar de comentar tanto talento y coordinación en conjunto sería redundante. Mirándolos jugar, sobran las palabras. El problema es -usando una analogía con el Texas Hold ‘em- que veo demasiado riesgoso teniendo par de ases dejar siempre que el rival llegue con chances hasta la quinta y última carta.
Está bien, sí, de acuerdo: con un gol solo basta para ganar y teniendo la pelota el 70% del tiempo es poco probable que te conviertan. Tiki para acá, tiki para allá, sacámela si podés, pero yo no te agredo tampoco. Si sólo pudiera hablar el ganador, tendría que callarme acá mismo. Como inconformista, que cuatro 1-0 seguidos consagren al merecido campeón del mundo también implica mucha falta de variantes ofensivas (y de rivales a la altura). Claro, andá a decir esto ahora mismo en la Cibeles.
Brasil, el equipo que yo creía el mejor, no pudo pasar la prueba de carácter ante esta Holanda. España superó un duro traspié en su presentación, creció, jugó lindo, fue efectivo, luchó, defendió, sufrió, tuvo temple y ahora goza. Sinceras felicitaciones a un justo campeón que logró quedar en la historia más allá de su título.
Esto es saber de fútbol
Mirar los partidos, analizarlos, interpretar el fútbol de una manera, sufrir, aprender, desvelarse. ¿Todo para que venga un pulpo pedorro a decirme quién gana? Da para pensar. Señores de Bwin, háganlo paella o se les acaba el negocio. Mientras, tengo que aprobar una materia más: escribir sobre una fiesta a la que no estamos invitados (no me dejen solo en este trance, por favor). Ya falta poco, se juega la Copa Davis el fin de semana, empezará el fútbol local y el trago amargo pasará pronto. Entretanto, al mal paso darle prisa: están definidos los finalistas.
Donde llegó Holanda, bien podría haber llegado Argentina. Acá probablemente vaya a discrepar con unos cuantos: sacando cierta dinámica por los costados, veo un no-equipo con grandes jugadores -semejante a nuestra Selección- pero que sí supo tener su cuota de suerte. Contó con un arquero concentrado para tapar los ataques de Eslovaquia en octavos; la flauta le sonó de casualidad ante Brasil en cuartos; y, digámoslo, Uruguay, sin nada, lo complicó demasiado: luego del 1-1 y hasta el gol-rebote de Sneijder, la Celeste le dominó el partido.
España es otra cosa, claro. Practican un fulbito de videojuego. Ni diría de PlayStation, sino del viejo Family, donde tocando un solo botón la pelota iba al pie del compañero sin necesidad de perfilarse. Parece tan simple. La agarra Iniesta y tiene diez opciones de pase. Como dijo hoy Joachim Low (el técnico de Alemania, un Micky Vainilla sin bigote), España “cuenta con unos automatismos muy grandes”. Ahora, sigo sin entender si no saben o si no quieren hacer goles.
El domingo habrá un nuevo campeón del mundo. Seguramente vaya a ser un partido para disfrutar; espero que la envidia y la rabia me lo permitan. Creo que estaré más pendiente de Nalbandian y otra hazaña en Moscú (las uvas están verdes, ¿no?). Ah, este fin de semana voy a probar pulpo por primera vez en mi vida y es probable que tenga sabor a revancha.
Lecciones aprendidas
Pensé que hoy iba a ser más fácil. No lo es. Hay algo más triste que un domingo sin fútbol: un domingo donde la competencia sigue, pero tu equipo ya no está. El increíble -pero no sorprendente- recibimiento que tuvieron los jugadores a su regreso es una señal de cómo se vivió el Mundial. Es cultural, sí, pero marca que nadie quedó shockeado por la derrota, que el resultado fue (en algún punto) el esperado.
Recuerden el 2002, al que viajamos para ser campeones, con confianza, seguros. Tras la eliminación, el país no pudo reaccionar. Esta vez, la multitud que acompañó el regreso no celebraba los cuartos de final, claro que no. No hay nada que festejar más que el hecho de festejarnos a nosotros mismos. Pero tampoco estamos tan tristes como para no poder levantarnos rápido. El golpe fue duro, aunque no nos agarró desprevenidos.
El recibimiento no es un “Gracias”. Es un mensaje parecido al “Diego, sabemos que en algún punto tus decisiones no fueron las correctas. Sabemos que, de otra manera, podíamos haber llegado más lejos. Pero también sabemos que cuando tomaste tus decisiones lo hiciste con honestidad y convicción. Sabemos que te duele lo que pasó, más que a nosotros. Sabemos que nunca te podremos reprochar nada, nunca podremos echarte la culpa. Levantate esta vez, otra vez, como lo hiciste siempre”. Porque sí, porque a muchos nos cuesta incluso ser críticos constructivos de quien más le dio a esa camiseta.
Claro que nunca encontramos el equipo. Sin los “a no ser qué”, el partido estaba para Alemania (“A no ser que Messi…”, “A no ser que Tevez…”). Se dio la lógica, y con el 2-0 abajo, se terminó el análisis. Perdido por perdido, ya ves, da lo mismo vivo o muerto, y fueron 4 como podían haber sido 6. No tuvimos una estructura. Pero lo supimos siempre.
Ahora, cuando llegue el tiempo del balance, ¿podremos mantener la mente fría? Históricamente, Argentina osciló entre extremos. Del lirismo de Menotti al pragmatismo de Bilardo. De la libertad de Basile a las lonas verdes de Passarella. De la vertiginosidad de Bielsa a la pretendida nuestra de Pekerman. Como si tras un fracaso nada sirviera del proceso anterior y fuese necesario cambiar todo. Mientras a partir de ahora buscamos la estructura con las lecciones que hemos aprendido, no despreciemos lo Maradona logró: pensar en el jugador, volver a juntar a la Selección y a la gente. No es poco.
Tanta pasión para nada
Así se titula un excelente cuento de Julio Llamazares, y es el primer pensamiento que vuela por mi mente. Tanta pasión para nada. No esa pasión de témperas y vuvuzelas, de bandera y vincha. La pasión del corazón, la que te golpea y te deja rendido de rodillas en el piso, la que te eleva hacia un éxtasis que nunca jamás podrá comprender quien no la siente. Tanta pasión para nada.
Ahora es momento de recordar que existe una vida que había sido puesta en pausa. Ahora llegará el turno de las aves de rapiña, del “Te lo dije” de los que siempre vaticinan una derrota propia en la víspera (total, si ganamos, ¿quién se acuerda?), de las críticas constructivas y de las otras. No me importa nada de eso. Que los que quieren destacarse entre la mediocridad se revuelquen en el barro de la tristeza ajena, que la vida siga, que alguien lúcido encuentre los motivos de tanta desilusión, o que los invente. Da lo mismo. Tanta pasión para nada.
Porque elogiar el fútbol de algún equipo desconocido, adoptar simpatías por algún país vecino, gritar goles ajenos que vencen a los poderosos, son apenas distracciones. Un Mundial podría disfrutarse del mismo modo simplemente mirando los 90 minutos de nuestro equipo; todo lo demás es un adorno que potencia el sabor del partido importante, el propio. Sin Argentina, ésto ya terminó. Que gane Uruguay, España, el que sea. Tanta pasión para nada.
Y se acabará (se acabó) el Mundial, vendrá el Apertura, a hinchar por el club del barrio y por los colores de siempre. Y llorar, y reir, y pensar que hubiera pasado si… Y comprar el diario, e ir a la cancha, verlo por tele, putear, bancarse las cargadas, disfrutar cuando toque. Dejar cosas personales de lado, cosas lindas, cosas importantes, por vivir un sentimiento efímero, volátil, de gloria o de desilusión. ¿Robarle horas al sueño, trabajar extra, postergar reuniones para ver algunos futbolistas que ni saben de nuestra existencia? ¿Tanta pasión para nada?
No me jodan. Tanta pasión para nada, las pelotas. Tanta pasión porque sí, porque se siente y no se puede evitar. Porque más dura es la caída a la realidad cuanto más alto se haya soñado llegar, y duele mucho, pero ese sueño no lo quita nadie. Que vivan sin pasión los demás, que les chupe un huevo todo esto, que usen frases hechas para explicar que es un partido, que la vida de uno no cambia. La de ellos no cambia.
Porque yo no reniego de mi pasión. No reniego de estas lágrimas ocasionales, ni de los fracasos que tengo tatuados en el alma, ni de las alegrías inolvidables. No reniego del video de Héroes, del poster del Enzo y del banderín del Brown. Fui feliz, volveré a serlo, seguiré sufriendo en el intento. En cuatro años estoy acá de nuevo. Mientras tanto, otras lágrimas correrán por mis mejillas, otros gritos de gol se atorarán en mi garganta. Porque tengo una pasión, y es mía. Pobre de vos si no la tenés.
PD: Sobre el partido de hoy, es claro: esta vez, ganó el mejor. Íntimamente sabíamos que esta Alemania era más que nosotros. No nos sobraba confianza, nos sobraba fe, que no es lo mismo. Se apeló a la mística y a la corazonada. No alcanzó.










