Todo va a estar bien
Te miré de reojo, te medí, te critiqué. Te disfruté, te defendí, te alenté. Te necesitaba. Volviste. Te extrañé.
Me cuesta explicar lo que siento. Es una ilusión, como que las cosas van a mejorar porque sí. Como si volvieras a la infancia y estás llorando, y tu vieja te abraza y te dice que todo va a estar bien. Y todo va a estar bien una mierda porque a esa chica no le gustás, porque el partido ya lo perdiste o porque el daño ya está hecho. Pero en ese momento es lo único que querés escuchar.
Gracias, Ramón. En aquellas épocas de oro, cuando todo parecía natural, varios te contamos las costillas. Algunos aprendimos, otros no. Hay quien sigue diciendo que necesitás equipazos, y cuando nombran tus jugadores yo recuerdo que Aimar era un pibe que no se afianzaba, que Saviola venía de la séptima, que a Salas lo echaron de la contra, que Ángel fue Ángel únicamente con vos. Y pienso que sin vos casi no nos alcanza con Falcao y Alexis Sánchez, que tuvimos que recurrir a los despojos de Ortega, y parece que tampoco es tan fácil.
Obvio que me quedan algunos reproches, como en toda relación de amor. Podría recordar el caso Maisterra como emblema de tu tozudez, pero tozudos hay en todos lados. Ahora, tipos que hagan jugar a River como vos, no creo. Mis amigos se ríen cuando digo que aquel River de la Supercopa era más lindo de ver que el Barcelona de hoy. Y el River 2002, con Cambiasso-Ledesma de doble cinco, tenía siempre 15-20 minutos durante los que humillaba al rival.
Después te fuiste, y ganamos algún que otro título, pero la alegría se fue apagando hasta ser los que somos hoy. Y estoy llorando, y venís vos y me decís “todo va a estar bien”, y te creo. Me anticipás tu “Je-je” cuando en una década intenten criticarte diciendo que con el River de Cazares y Quignon ganaba cualquiera, y me hacés reir.
Diez años y medio. Pucha que te extrañé. ♫ Cuando estés mal, cuando estés solo…♫
El precio del oro
Cada tanto, a todos se nos cruza una imagen o una idea que nos pega un cachetazo y nos cuestiona algo que siempre dimos por sentado, o nos muestra un nuevo plano de realidad. Algo así como una epifanía pagana de bajo costo; Lisa preguntándonos si hace ruido un árbol que cae en el bosque sin que haya nadie alrededor para escucharlo.
En mi caso, los deportes siempre han sido mi lugar feliz; entre ellos, los Juegos Olímpicos en particular. El deporte amateur dignifica, modela el espíritu. Nótese que el amateurismo al que me refiero no está dado por la influencia de una recompensa económica sino por la intención con la que se practica. Dentro de mi concepción naif, incluso un deportista rentado sólo piensa en el premio antes y después: una vez en competencia, quiere ganar por amor al deporte. Si, ya sé, no me digan nada. Pero algunos creen en el Gauchito Gil, otros en la Difunta Correa y yo en Pierre de Coubertin.
Hasta el día de hoy, mis debates se han planteado en torno a incentivación y sobornos, a quienes que ponen al dinero como meta, los que suponen que un deportista piensa en el campo de juego en su cuenta bancaria. Mi plano de discusión ha girado en torno al deportista como individuo o como equipo, y en cuáles son los motivos que encuentra para dar lo mejor de sí. Hasta hoy.
Les dejo unas fotos de la enseñanza deportiva en el régimen comunista chino.
Después de esto, mi pensamiento se ve obligado a ir hacia otro plano: el deporte como industria. Vos, yo, los que practicamos y vemos deporte estamos acostumbrados a la libre elección; como mucho, a la presión de algún familiar frustrado. En algunos casos, el deporte es un método de inclusión social. Pero siempre quien lo practica encuentra un motivo para hacerlo.
Ahora, tengo cientos de sensaciones distintas. ¿Por qué estas imágenes me golpean tanto? ¿El deporte como política de estado y propaganda, el maltrato infantil, la falta de libre albedrío? ¿El precio a pagar por ser el mejor, los que quedan en el camino, los errores cometidos en instancias clave cuando toda tu vida fue preparada para ese momento específico? Miles de cuestiones que siempre estuvieron ahí pero recién hoy se me manifiestan de este modo.
¿Quién creció al lado de la nadadora récord Shiwen Ye? ¿Estará en estas fotos quien la superará en el futuro?
¿Puede elegir?
No quiero empezar debates sobre ideologías comunistas, sobre pobreza, sobre deporte y política. No tengo interés en rediseñar desde mi teclado cómo deberia girar el mundo. Sólo quiero volcar mi profunda tristeza porque mi niño interior -deportista amateur- ha muerto.
Touché
Menos mal que no nos pasó a nosotros. Todavía estaríamos hablando de un afano, de que era una cosa obvia en esa cuna de piratas y de que no importa, somos campeones morales. ¿De qué estoy hablando? Del escándalo del día –y probablemente de los Juegos- ocurrido en la semifinal de esgrima, modalidad espada, entre la surcoreana A Lam Shin y la alemana Britta Heidemann, medalla de oro en Beijing 2008.
Trataremos de explicar en criollo las reglas de las disciplina en caso de empate. Imagínense una lucha a 3 rondas donde gana la que primera llega a 15 o la que tenga más puntos al final de la pelea. Si hay igualdad, la resolución es rara: se tira una moneda y alguien es favorecido con la “ventaja”; luego, hay una ronda extra de un minuto. Si se mantiene el empate, gana quien haya sido favorecido por el sorteo.
En el caso de hoy, las 3 rondas terminaron con un empate, y antes de ir al tiempo extra la moneda favoreció a Shin. Durante todo ese minuto adicional, Heidemann fue al ataque para quedarse con la victoria, pero no pudo vulnerar de manera clara a la surcoreana: cuando la alemana marcaba el punto, Shin hacía lo mismo en simultáneo (si ambas marcan, ninguna suma).
Llegaron al final igualadas faltando un segundo. El árbitro pide distancia de combate (las esgrimistas tienen que estar separadas al menos de modo tal que las espadas no se superpongan). Da la orden; ataca Heidemann, defiende Shin: punto para ambas, o sea sigue todo igual. Pero el tiempo no corrió en su totalidad, el reloj todavía muestra un segundo restante. La situación se repite, el árbitro abre el juego; doble toque. Aún queda tiempo. Ocurre lo mismo una tercera vez. Y el segundo sigue ahí, eterno.
Lógicamente, el entrenador coreano se pone de la gorra y en un ataque de locura para su tranquilidad oriental se acerca a los jueces y dice “¡¡Three times one second!! ¿Three times, one second?”. Creo que cualquiera de nosotros ya estaría acogotando a toda la Federación de esgrima, en cueros y al grito de “¡Aunque la AFA no quiera la vuelta vamos a dar!”. Nadie le da bola, así que el árbitro reanuda el combate una cuarta vez. Ataca la alemana, marca un punto en soledad y festeja, mientras el entrenador de Shin se planta frente a la mesa de control diciendo que NO con sus deditos índices.
Llegó la hecatombe, la debacle total. La delegación coreana pidió revisión, pero a esta altura lo único que se podía revisar era si el punto de la alemana había sido válido antes de que se agotara el tiempo. Tras 20 minutos de debate, se confirmó la victoria de la alemana, que pasaba a la final. Me imagino el debate “Si, ya sé, hicimos cagada, pero ahora no podemos volver atrás”. ¿Qué hizo Shin al enterarse? Se quedó llorando, sentada en la pista de pelea.
Pequeño detalle para los no entendidos como nosotros: en esgrima, se considera que si el competidor abandona el lugar de lucha está convalidando la sanción del juez. Entonces, la coreana no se quería mover de ahí, y lloraba. Y lloraba. Los fotógrafos tuvieron tiempo de elegir cientos de tomas, porque esta situación duró minutos. Hasta que la organización se acercó y le dijo muy amablemente que si no se retiraba quedaría descalificada también de la lucha por el bronce, y a la coreanita no le quedó más remedio que irse entre lágrimas. Telón lento.
Ah: ambas perdieron las luchas siguientes. Plata para Heidi, nada para Shin.
Agenda: atletas argentinos en Londres 2012
Busqué bastante pero no encontré por ningún lado un cronograma completo con todas las participaciones de los atletas argentinos en Londres que me resultara útil. Carajo, ¡los amantes de los deportes tenemos que organizar nuestro tiempo con anticipación!
¿Solución? Armé uno. Les dejo acá, día por día y en hora local, la agenda de los deportistas argentinos incluyendo hipotéticos avances de etapa. El tenis y los deportes de conjunto se irán actualizando a medida que se vayan definiendo las llaves.
EDIT: para los que sigan buscando esa información, la página oficial es excelente:
http://www.london2012.com/country/argentina/athletescomptoday/index.html
Tengan en cuenta que voy a ir agregando eventos que me interesan (final de algunas disciplinas de atletismo, saltos ornamentales, algún partido que no me quiera perder). Los marcaré de otro color para diferenciarlos del resto.
Los hijos de la lágrima
Terminó. Te preguntaban si ibas a festejar o no, y la verdad es que este llanto tiene poco de celebración y mucho de desahogo: son esas lágrimas que se derraman por el recuerdo de lo sufrido. Alegría, cero. Este año de calvario no te lo quita nadie, va a estar ahí para siempre, pero vos y yo sabemos que podría haber durado una temporada más, tranquilamente. Ahí está, esa es la sensación que tengo: alivio.
Alivio, muchachos, porque las cosas estuvieron negras. No por Almirante, porque el rival podía ser Victoriano Arenas y era lo mismo; si hasta a veces creo que con mis amigos le podemos hacer partido. ¿Todo un torneo completo y no tenemos equipo? ¿Ni sistema de juego? ¿Ni corazón ni pases cortos? Las cosas claras: ascendimos por ser River, porque los rivales retrocedían por el peso de la camiseta. Pero futbolísticamente dimos lástima siempre. Ahí está, la encontré, esa es la sensación de todo el año: impotencia.
Impotencia, porque desde afuera veíamos todo y no podíamos hacer nada. Ascendimos a pesar de Vella, a pesar de no tener arquero, a pesar de las (in)decisiones tácticas de Almeyda, a pesar del humo de Ponzio, a pesar de los foules de Maidana, a pesar de que J.M. Díaz nunca entendió qué es el off-side. A pesar de los vaivenes emocionales de un plantel que da la cara frente a los micrófonos pero la dio poco en la cancha. Ahí está, me equivoqué, eso es lo que percibí todo el tiempo: histeria.
Doce meses de histeria durante los que se buscaron enemigos externos y se pretendió mostrar entereza y hombría repitiendo errores evidentes en vez de asumirlos y corregirlos. Y hoy festejo porque se terminó, pero festejo con lágrimas porque de un modo u otro, River me sigue haciendo llorar. Se cumplió el objetivo, nada menos, pero nada más.
Chori, Cave, Pelado: gracias por dar la cara. Esto no se hubiera logrado sin ustedes. Sin embargo, ni dar la cara ni ser hinchas los exime de las responsabilidades por la inestabilidad emocional, la falta de preparación física y la toma de decisiones incorrectas. Para la temporada que viene, autocrítica. El objetivo va a ser estar a la altura de la historia.
Treze, gracias. Yo, todos, dudamos de vos. Lo tuyo excede lo que pasa en la cancha. Te prometo un post aparte.
La maldición de Casandra
No lo voy a negar, mi primera reacción tras las semifinales de la Copa Argentina fue “Nosotros palo y afuera, ellos palo y adentro”. En caliente, el análisis se reduce a esos imponderables del destino que a River le son esquivos y a los demás los acompañan desde hace rato, por más que Riquelme dijera que algún día la suerte se iba a acabar (decime cuándo, Román, por favor). Pero a Boca lo que es de Boca mientras en Núñez dejarán que el árbol del penal del Keko tape el bosque de desastres que están haciendo. Si con este equipo alternativo superamos a los titulares de Racing, con los titulares hoy estábamos en la final sin depender de un rebote afortunado.
No sé si conocen la historia de Casandra, en la mitología griega. En pocas palabras, era una profetisa a la que le había sido otorgado el don de la clarividencia junto con una maldición: nadie le creería. Imagino su rabia y su impotencia, y juro sentirme de ese modo en lo que respecta a River. ¿Es que la gente es tan ciega de no ver lo que puede ocurrir de seguir así?
¿Es que acaso no se nota que nuestro técnico sigue siendo un ex jugador, más preocupado aún por mantener un buen clima grupal que por devolverle a River las glorias perdidas? ¿Es que no se ve que algunos futbolistas carecen de la personalidad necesaria para afrontar estos momentos con el temple que necesita la camiseta de River? ¿Es que no se dan cuenta los hinchas de que lejos quedaron los tiempos de Copas Libertadores y que hoy la Copa Argentina es tan importante como la única Copa que podemos jugar? ¿Es que nadie ve cuál es el final de este camino?
Me da vergüenza. Me llena de impotencia escuchar como Almeyda declara que “la Copa la van a jugar los que llegaron a este instancia” mientras Cirigliano mira desde su casa un doble cinco con Domingo y este Ledesma; mientras la delantera la forman Funes Mori y Ríos aunque Trezeguet, Cavenaghi y el Chori estén disponibles. ¿No le dijeron al técnico que River no es un club de barrio y que juegan los mejores, no los que tienen la cuota al día? ¿No nota que es más importante la gloria del club que la estabilidad anímica de Nico Domingo?
¿No alcanzan a ver que el Kekito, último crack de la cantera, malgasta su físico tapando las subidas del cuatro rival en el equipo suplente en vez de lastimar como debe en la delantera? ¿Que futuros integrantes de Primera como Vila o Cazares son quemados dentro de la mediocridad y ya están signados por una nueva frustración, tirados a la cancha como salvadores en vez de ser acompañantes?
¿Nadie nota que un año después los defensores siguen haciendo foules a rivales que están de espaldas al arco a 20 metros del área cuando esa es la principal variante con la que lastiman a River? ¿Que al momento de reforzar el equipo era prioritario un central o un arquero antes que otro volante central? ¿No se distingue la importancia de practicar la pelota parada, no con la estupidísima jugada del corner corto sino pidiendo que al menos el centro supere el metro de altura? ¿Que el ayer mejor refuerzo y hoy discutido Sánchez se potenció toda una rueda con las subidas de Abecasis y ahora es una sombra del que supo ser porque tiene que jugar por él y por Vella?
¿No se percibe que la soberbia de Passarella, quien creyó que sólo bastaba Bordagaray para salvarnos de la vergüenza, es la que nos privó de que el técnico más ganador de la historia del club haya estado presente y en su lugar se encuentre un jugador ex retirado haciendo sus primeros palotes?
¿Es que no se dan cuenta de que River es más grande que los egos de quienes lo integran?
No soporto otra temporada en la B, pero un año después de tocar fondo, no aprendimos nada. Espero que subamos porque mi corazón ya no resiste más frustraciones, pero que quede claro: aún en Primera durante la próxima temporada, estaremos lejísimos de volver a ser los que alguna vez fuimos si seguimos por este camino. Pensé que bajábamos para refundarnos, pero no fue así. La historia no juega más, y el presente da pena. De River sólo queda el nombre.
Poker de errores
Decía Aristóteles que enojarse es muy fácil, pero que hacerlo en el momento oportuno, por la causa correcta, en la medida justa , y con la persona adecuada, eso ya es cosa de sabios. ¿Cómo catalogar a Falcioni, entonces, que le pifió a las cuatro condiciones? El técnico explotó su rabia contenida de la peor manera posible y su ego quedó expuesto tras tener que reconocer el error.
Pongámonos un segundo en la piel del entrenador. Su equipo –porque este Boca fue un Boca con su marca, qué duda cabe- se coronó campeón invicto, varias fechas antes, con cuatro goles en contra. En su mente resultadista no existen los reproches posibles, por lo que aquel comentario de Riquelme anunciando que algún día se podía acabar la suerte fue una declaración de guerra. Boca no fue un campeón de penal, palo y adentro; Román lo sabe. El técnico se defendió ante la prensa mostrando la tabla de posiciones, pero lo que realmente hubiera querido responder es que fueron campeones prescindiendo de Riquelme durante medio torneo.
Esa cuenta le quedó pendiente a Julio Cesar pero ¿cómo hacérsela pagar a Román, tan hábil frente a una pelota como frente a un micrófono? No se atrevió a imponer la autoridad que su ego le reclamaba y su cargo le permitía. Primer error. Eligió dejar pasar –pero no olvidar- a la espera de un mejor momento. Lo creyó encontrar el martes, cuando reemplazó a Cvitanich porque no seguía sus órdenes ante lo que él supuso un pedido de Riquelme.
“Acá me la cobro”, pensó. Enmascaró su enojo en las presuntas indicaciones de Román, pero no era ese el origen de su rabia. Segundo error: ¿quién si no el número 10 podría leer un partido desde adentro y proponer una variante para cambiar el rumbo? Peor aún si se confirma que quien realmente dio la indicación fue nada menos que Erviti, pichón del DT. Así, reemplazar a Cvitanich aduciendo que le hacía más caso a Riquelme que a él completa el poker de errores.
No resulta difícil imaginarse a Román en silencio escuchando la charla frente a todo el plantel, mirando como su rival primero se inmolaba con la crítica y luego recibía los cachetazos de sus dirigidos, que aprovechaban el voleo para reclamar sus propias cuentas pendientes. La desmentida renuncia de Falcioni en el vuelo de regreso debe haber sido cierta. Pensando con lucidez en esas 12 horas de soledad, habrá reconocido que ese era el momento adecuado para dejar de traicionarse con aceptar a Riquelme cuando en realidad no lo quiere en su plantel. “Así no puedo seguir”, le atribuyen haber dicho. Y es cierto: su personalidad no admite otro liderazgo que no esté bajo su ala.
En una batalla de egos no gana quien suma más méritos, sino que pierde quien se equivoca primero. Del ridículo no se vuelve. No alcanzaron las medallas que se colgó Falcioni durante el 2011: le bastó con manejar mal su enojo para desestabilizarse solo. La batalla que él eligió disputar con Riquelme no la perdió en la cancha sino en el vestuario.
A ofrecer el corazón
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
No será tan facil, ya sé que pasa.
No será tan simple como pensaba.
Como abrir el pecho y sacar el alma, una cuchillada de amor.
Dejamos que nos hundieran. Aguilar, Israel y compañía se encargaron de lograr lo imposible, pero los verdaderos culpables somos nosotros, mudos testigos del vaciamiento sostenido de River. Mientras esperábamos que el destino manifiesto del club lo sacara a flote por sí solo, contemplamos miles de maniobras fraudulentas sin alzar la voz, sin entender que 110 años de historia fueron posibles gracias a su gente, y que era su gente quien debía rebelarse contra los delincuentes que hicieron del club su feudo y se enriquecieron a costa suya.
No podía pasar, pero pasó. ¿Por qué no? Le pasó a tantos otros… ¿Creíamos que éramos invulnerables? ¿Que el espíritu de Ángel Labruna iba a descender como un ángel vengador y nos iba a salvar del oprobio? Nos dejamos endulzar el oído con los falsos mensajes de optimismo de quienes se reían a nuestras espaldas. Quisimos creer que era cierto, que la historia se bastaba por sí sola, y nos olvidamos que la historia no juega a la pelota y que a este River le robaron hasta los despojos.
No me interesa el reparto de culpas ajenas, el tiempo pondrá a cada uno en su lugar. Mientras tanto, hoy, todos aquellos que dejamos que nos robaran lo que era nuestro debemos hacernos cargo de nuestra inacción, de nuestra desidia. Hoy quiero publicar mis lágrimas, las de un hincha más que no quiso estar ausente y ofrecer su apoyo ante lo inevitable. Quiero que se vea lo que es el orgullo de una pasión verdadera, no la de los vándalos con intereses políticos que son profesionales de la tribuna y se venden al mejor postor.
Quiero que el fútbol argentino sepa que es a partir de esas lágrimas, de esa pasión, como se va a refundar el club, como se logrará que River vuelva a ser lo que siempre fue y no este gigante vencido que se arrastra pidiendo piedad. Si no aprendemos nada de esta lección que recibimos, entonces nos merecemos este presente chico. Si nos engañamos pensando que estamos en la B por J.J. o por Pezzotta, no entendimos nada. Si nos hacemos cargo de los errores cometidos, volveremos a ser nuevamente los más grandes. El futuro está en nuestras manos.
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Sobre héroes y tumbas
Si hablamos del fútbol argentino de los últimos 10 años, poca gente ha sido capaz de dividir las aguas de la opinión pública tanto como Juan Román Riquelme (quizás Verón, y no muchos más). Dueño de una visión de juego privilegiada, el enganche de Boca se siente cómodo en el rol de antihéroe que decidió ejercer de un tiempo a esta parte y provoca más debate por lo que hace fuera de la cancha que por lo que genera dentro de ella.
Al ritmo de los amores incondicionales que desata en la hinchada Xeneize –y los odios de igual intensidad en el resto-, Riquelme mismo ha elegido dejar de ser un jugador de fútbol para verse consumido por su propio personaje. Las sucesivas renuncias a la Selección por motivos incomprensibles y nunca esclarecidos del todo sólo sirvieron para que la brecha entre riquelmistas y antiriquelmistas se pronunciara todavía más.
Pero aunque hace todo lo posible por invitarnos a discutir sobre su rol de líder en un vestuario dividido o su incapacidad de formar parte de un grupo sin resignar ciertos privilegios, existe un Riquelme futbolista. A fin de cuentas, esa es la vara principal con la que debería ser medido. La visión sobre las condiciones humanas de un jugador suele descansar en las adhesiones que generan sus agentes de prensa informales, como Closs o Pagani. Nosotros, los que estamos fuera de la comidilla del Mundo Boca, sólo nos enteraremos de los trascendidos que los propios jugadores decidan filtrar a través de ellos.
Desde lo estrictamente futbolístico, la mejor versión de Riquelme fue indiscutida. Sin embargo, ese nivel que supo conseguir por última vez allá en el 2007 hoy parece lejano. Román mismo ha elegido el camino de entrenar selectivamente, de mantenerse al margen de ciertos partidos, de no realizar una pretemporada mientras renegocia su contrato. Parece preferir descansar en las gotas de talento que aún hoy le alcanzan para generar la diferencia en ciertos partidos, pero ya no para ganar campeonatos por su cuenta.
Con esta perspectiva, ¿hizo negocio Boca –dejando de lado los intereses políticos que su imagen genera- en renovarle contrato por cuatro años en una cifra millonaria? Riquelme, incluso más inteligente fuera del campo que dentro de él, supo jugar sus cartas ante un club necesitado de volver a los primeros planos y debilitado institucionalmente tras el fallecimiento de Pompilio. ¿Quién iba a pagar el precio de dejarlo ir, aún en estas condiciones?
Sin embargo, no es el monto del nuevo vínculo lo que inquieta. El valor que Riquelme percibirá por año no está muy alejado de lo que un club como Boca debería pagar por su jugador franquicia. Son la duración y las condiciones implícitas las que deberían estar en el centro del tapete. Este Román que gusta hablar de sí mismo en tercera persona, que se encuentra poco comprometido con su forma futbolística y lejos de la cresta de su ola, será el dueño del club durante los próximos cuatro años. Ya hacía rato que Riquelme se había puesto por encima de la institución con el aval de la hinchada; esta vez, fueron los propios directivos quienes le cedieron el control del club durante ese período.
Es probable que un hincha de Boca que lea esto no entienda el cuestionamiento ajeno, así como a cualquier otro le resulta incomprensible pagarle al Riquelme de hoy lo que valdría el Riquelme que supo ser años atrás y darle las llaves del club. Cuestión de idolatrías y del recuerdo de bronces pasados. Más allá de eso, Boca ha supeditado su futuro deportivo a una sola carta, porque es el mismo Román quien impone esas condiciones de “conmigo o en mi contra”.
Si ya era fuerte antes, ¿cuánto pesará ahora la palabra de Riquelme en la elección de un nuevo técnico, de un nuevo refuerzo, sabiendo que estará allí como líder cuatro años más y en la curva descendente de su carrera? ¿Quién será capaz de contradecir algunas de sus decisiones, de marcarle el terreno a alguien que se caracteriza por polarizar las opiniones y que es ídolo del club? Supeditarse a los caprichos de Román durante semejante período es demasiado arriesgado; el tiempo dirá si a Boca la taba le cae suerte o le cae culo.
Era hora
Primera fecha. Sepan disculpar cierta inconsistencia en esta entrada: recién arranca el campeonato, no pude ver todos los partidos –sí sigo hasta el último resumen- y la crónica de los encuentros jamás fue mi fuerte. Para el resumen de la fecha, otras páginas. Veremos qué vuelta de tuerca le encontramos juntos a este torneo; espero sus críticas y comentarios.
La victoria de River sobre el final con un arranque más del interminable Ortega fue la excusa justa para que el seudoperiodismo buscara la contradicción en el mensaje de Cappa. Cualquier cosa que el técnico dijera iba a ser el título del día siguiente. Esta vez, entre “No me gusta ganar de este modo” y “Siempre me gusta ganar”, Ángel eligió la realidad. Menos mal: si en ese momento reniega del triunfo por no haberlo alcanzado con los medios deseados, tiene sangre de pato.
De todos modos, a ser esclavo de las palabras en el futuro: cuando al Millo le toque perder sobre el final por la vía de un bochazo que se transforma en gol gracias a la jerarquía de un rival, habrá que ser humilde y no defenestrar el mérito ajeno. Para destacar también el pensamiento de Diego Castaño tras el partido: “Cuando te metés atrás durante 20 minutos, estas cosas pueden pasar”. Autocrítica feroz, y real. Probablemente no fue merecida la victoria de River desde la cantidad de situaciones, pero la declaración del volante de Tigre invita a pensar qué se habrá sentido desde adentro.
Boca, por su parte, se trajo el puntito de Mendoza. No es poco, que quede claro. Godoy Cruz, aún sin Federico Higuaín, se mostró como el equipo compacto que salió tercero en el último Apertura. Los Xeneizes deben estar midiendo en sus mentes el potencial que Riquelme y Clemente Rodríguez le pueden dar a este equipo y, sobre todo, agradeciendo haber recuperado a un jugador clave como Battaglia. Es como Palermo: tardé años en entender su valor y quizás nunca lo respete del todo, pero en su mejor versión es imprescindible.
Román, tema aparte. ¿Puede un jugador darse el lujo de perder una pretemporada? Nadie discute el talento del 10 de Boca y cómo puede marcar la diferencia en un minuto. Sin embargo, dejar pasar así la oportunidad de mejorar su estado físico de cara a un torneo exigente puede salirle caro en el futuro. Es entendible que desde su capacidad técnica y desde la idolatría que genera su pasado ciertas actitudes suyas sean perdonadas (y hasta festejadas) por la hinchada de Boca. De todos modos, me parece reprochable que Riquelme –tan inteligente dentro de la cancha como fuera de ella- saque ventajas de ello.
Al San Lorenzo de Ramón lo pasaron por arriba, pero el técnico ya había avisado que su equipo era un Falcón que iba a chocar a todos y dar pelea. Una defensa firme y las ideas claras para traer un empate desde La Plata son auspiciosas para encarar el futuro sin tener la presión de resultados adversos ya desde el comienzo. En otras cosas, el fútbol sigue siendo el mismo. Argentinos, por más campeón que haya sido, no puede repetir si le desmantelan el equipo. Banfield sigue siendo el equipo compacto que peleará arriba. Vélez siempre es Vélez, Estudiantes siempre es Estudiantes; Quilmes y All Boys, los recién ascendidos que no pueden plasmar sus merecimientos en el resultado. Racing, quien gana un partido que merece perder, y luego perderá un partido que merezca ganar.
Sí, ciertas cosas no cambian. La pelota, nuestra pelota, volvió a rodar y los domingos tienen sentido otra vez. ¡Salud!















































